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Ortega tilda de golpistas a obispos de Conferencia Episcopal de Nicaragua

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lapatilla

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Publicado: 20 de julio, 2018 — 0:59 a.m. (hace 1 mes)
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FOTO: EFE/ Rodrigo Sura

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, pidió el jueves a los manifestantes que “rectifiquen” y cesen en su intento de desestabilizar el país, en medio de una ola de protestas antigubernamentales que acumula tres meses y ha dejado casi 300 muertos.

AFP

El mandatario izquierdista mostró su músculo político durante el 39 aniversario de la victoria de la Revolución sandinista a donde acudieron decenas de miles de simpatizantes que, fervorosos, corearon: “se queda, mi comandante se queda”.

“Llegaron a decir que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) estaba acabado, que no tenía gente”, dijo Ortega, quien al mando del FSLN derrocó a la brutal dictadura de Anastasio Somoza en 1979.

“(A los manifestantes) les decimos: rectifiquen, cambien para que puedan ser parte propositiva en la construcción de nuestro país”, agregó en un enorme estrado antes de cumplir un minuto de silencio por los nicaragüenses “cuyas vidas han sido arrebatadas por el terrorismo infame”.

Desde el fin de semana y hasta el martes, fuerzas especiales de la policía apoyadas por paramilitares simpatizantes de Ortega retomaron el control de los últimos bastiones opositores en Managua y Masaya, dejando más de una decena de muertos en fuertes enfrentamientos.

A pesar del golpe, los manifestantes sostienen que seguirán protestando hasta que Ortega dimita. Las protestas contra el Gobierno comenzaron a mediados de abril como reacción a una reforma al sistema de seguridad social, pero se ampliaron tras la violenta represión.

Entre las demandas, los opositores reclaman por el control estatal de los medios de comunicación, las sospechas de fraude electoral, la manipulación de la justicia, la corrupción y la intención de Ortega de querer instaurar una “dictadura familiar” de la mano de su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo.

Durante la celebración, Ortega, un exguerrillero de 72 años que enfrenta su peor crisis política desde que retomó el poder en 2007, recibió el respaldo de aliados como Bolivia, Cuba y Venezuela, quienes rechazaron la injerencia externa en el país y calificaron las protestas como un intento de “golpe de Estado”.

“Queremos restaurar la tranquilidad y las condiciones óptimas para la vida en Nicaragua. Queremos paz, seguridad y vida”, dijo Murillo durante un encendido discurso.

PUEBLO SIN ORTEGA

Desde temprano, decenas de miles se agolparon a lo largo de Managua para oír el discurso de Ortega desde un estrado ubicado entre el lago Xolotlán y una enorme silueta del revolucionario nicaragüense Augusto Sandino, el líder de la resistencia contra la invasión estadounidense en la primera mitad del siglo XX.

Flameando el pendón blanquiazul y banderas rojas y negras del FSLN -el partido de gobierno- los aliados de Ortega llegaron desde todas partes del pequeño país de 6,2 millones de habitantes.

Vestidos con camisas blancas y pañuelos del FSLN al cuello, los asistentes, entre los que había trabajadores públicos, coparon más de cinco cuadras de la vía adornada por los “árboles de la vida”, unas enormes construcciones ideadas por Murillo.

“Como nicaragüenses, no podemos seguir viviendo en guerra”, dijo Norman Ortiz, un simpatizante de Ortega, en referencia a los conflictos que libró el país en el siglo XX como la ocupación estadounidense entre 1927 y 1933, el derrocamiento de Somoza en 1979 y la guerra de los Contras, financiada por Estados Unidos entre 1981 y 1989.

Pero un sondeo de la firma CID Gallup cifró la desaprobación del mandatario en 63 por ciento en mayo luego de haber obtenido la reelección a fines de 2016 con el 72 por ciento de apoyo.

“El pueblo ya no está con Ortega”, dijo Arlene Corea, una de las cinco hijas de Francisco Corea, quien fue apresado en la semana acusado de apoyar las protestas contra el mandatario.

“Con las violaciones a los derechos humanos, los asesinatos, (Ortega) se parece cada vez más a Somoza. La gente está abriendo los ojos”, agregó en la entrada de la cárcel de El Chipote, uno de los principales centros de tortura de la dictadura de Somoza.

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